postales

Abro el último cajón del escritorio, el lugar donde voy aparcando los recuerdos viejos. Es el desguace de mis experiencias: en él encuentro, entre otras cosas, entradas a cines con personas cuyos nombres apenas recuerdo, tickets de cenas en ciudades extranjeras, billetes de autobús y un puñado de postales que nunca llegué a enviar. El último cajón del escritorio se ha convertido en el lugar donde guardo las palabras muertas. Hace tiempo garabateé palabras que nunca llegaron a ser enviadas porque en la vorágine del viaje (esa ansia de correr y jugar por senderos extraños, de abrir puertas desaforadamente, de bailar hasta la madrugada en discotecas donde no ha de volver a verte nadie) es fácil perderse. Cuando abro el último cajón del escritorio, vuelvo a leer una vieja postal que escribí cuando vivía en Australia. La postal tiene un sello y debajo está la dirección de mi abuelo. En la parte izquierda descansan las palabras que nunca llegaron a su destino. La postal que había escrito para mi abuelo permaneció dos meses sobre mi escritorio australiano en una época de fiestas y de tablas hawaianas hasta que un día me llegó una llamada y el resto es historia. Cuando abro el último cajón del escritorio, acaricio viejas palabras abortadas y me acuerdo, casi de repente, de que en la vida hay muchas postales que enviar y que no debemos dejarlas mucho tiempo sobre el escritorio. Porque se arrugan, como nosotros, y a veces es demasiado tarde.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

me ha puesto muy triste. tú dices: "las palabras descansan". y no, las palabras no descansan. están siempre alerta para poder decir el nombre de Grandpa, para rendirlo vivo a los ojos de todos.

Ä┼ dijo...

This is so sweet it made me go brew some tea.

* dijo...

expósito, me encanta que entres aquí a dialogar con estas aspirinas. pero permíteme, querido, que te pida que no te pongas triste ante ellas. ojalá vieras el mensaje vitalista que yo quisiera transmitir cuando me encuentro ante la finitud de las cosas, lo efímero, la muerte. ¿acaso se deprime uno ante los bodegones? ¿y en los cementerios? ¿y ante las noticias, giramos acaso la mirada?

yo no puedo, no puedo desviar la mirada de la ceniza, del tic tac del reloj en la esquina mientras nosotros apuramos el último whisky de la fiesta....

esas palabras están muertas porque nunca llegaron a mi abuelo. no hay más vuelta de hoja. pero si miramos el vaso desde otra perspectiva, se trata tan sólo de que debo acordarme de enviar las postales que escribo. porque -permíteme que diga una obviedad- la vida es muy corta. y hay que aprovechar cada segundo....

* dijo...

guillermo, me alegra mucho de que te haya hecho ir a "brew un tea". a pesar de ser inglesa, apenas uso ese verbo. y hace un rato, me he reencontrado con esa palabra extraña en un starbucks de manhattan.

i hope you carry on brewing delicious teas and sending all the postcards written on the palms of your hands...

Anónimo dijo...

pero annalisa, las palabras es lo que está vivo. como los tres huecos que -decía seamus heaney- el bastón del padre (viene de joyce)había hecho en la arena mojada de la playa. el padre no está, pero los huecos que su bastón hizo en la arena son lo que paradójicamente e inexplicabalmente las olas no han conseguido llevarse.
decía. la palabra es lo que vive, como una memoria maldita, condenada y terrible y vitalmente, como tú dices, nosotros no, pero sí la palabra, o incluso (evangelio de juan) la Palabra.
tus palabras viven, por eso escribes.
expósito